Ilustración: Alekos

Primer Lugar

Gravedad

Todos los días nos paramos en la esquina de la Jiménez. A mi papá poco lo miran. Preparo el tarrito de monedas. "¡A trabajar!" —me dice—, atrapado en su traje de astronauta. Y en ese momento se paraliza por completo. Cuento las monedas una y otra vez. Llueve un poco mientras el sol mira por un instante hacia la plaza. En la noche, cuando todos se van, mi papá por fin me habla. Camino a casa me cuenta las aventuras que vivió en algún rincón de otra galaxia.

Jonnathan Pastor Jiménez Toloza, 27 años, Teusaquillo.

Ilustración: Sindy Elefante.

Talento Infantil

Los tamales santafereños que salvaron al presidente

Hace mucho tiempo vivió Lucio, un vampiro hijo de Drácula. Él le dijo que mordiera al presidente de Polonia para quedarse con todo el poder. Lucio se fue al aeropuerto y pidió un vuelo directo, pero por estar hablando por celular se equivocó y tomó el vuelo en dirección a Colombia. Aterrizó en el aeropuerto de Bogotá y le preguntó a un señor dónde estaba la casa del presidente. Llegó al lugar indicado, sin embargo, antes de entrar vio una tiendita donde vendían ricos tamales santafereños. Se comió uno y le gustó tanto que se le olvidó a qué había ido.

Paola Sofía Mejía Pacanchique, 6 años, Barrios Unidos.

Ilustración: Rafael Yockteng.

Talento Joven

Hambre

Laida va por la calle séptima, una de las avenidas más frías de Bogotá. Ve una cadena de oro que resplandece con el sol. Una mujer avanza elegante por su carril. Su mirada persigue el objeto que hace más profunda su hambre y más largas sus manos. Piensa en la policía y en la cárcel. En lo mal que la ha pasado en ese lugar. La posibilidad de estar tras las rejas la hace dudar. Se aproxima a la mujer. No es ella quien roba, es el hambre.

Andrea Yisell Avedaño Estrada, 15 años, Ciudad Bolívar.

Ilustración: Henry González.

Talento Adulto

La ventana

Se miró en el espejo del corredor: cuello de lechuguilla, calzas abullonadas de tejido rojo, jubón beige, zapatos negros con hebilla y en su cabeza, una peluca cana. La casa conservaba los ladrillos de terracota y el tejado imitaba la época colonial. Las molduras de las puertas eran antiguas y tristes. Hizo una reverencia palaciega, mirándose de reojo. Afuera, el ruido de carros modernos y veloces, de estudiantes bullosos, de oficinistas apurados, de música irritante. Se asomó lentamente entre los barrotes de la ventana. No era su época…Seguía siendo un fantasma.

Eduardo Fernández Alonso, 53 años, Santa Fe.

Ilustración: José Rosero.

Mención Honrosa

Al final del cotejo

Sobre el campo de juego quedan tendidos los ánimos de triunfo de once jugadores y el sudor de la victoria de otros once. En el terreno quedan también, como si hubieran sido lanzadas para matar, palabras de todos los calibres. Invisible, se presiente la saliva iracunda de los hinchas de cualquier color, quienes, como guerreros ebrios, con sus caras largas y sus ojos llenos de ira, arrojan gritos, insultos y pretensiones insensatas. Dos batallas se han librado. En una se lanzan tiros al arco, en otra, se lanzan flechas de voz que dejan ecos en el silencio del estadio.

Juan Camilo Espinosa Sánchez, 30 años, San Cristóbal.

Ilustración: Paula Bossio.

Mención Honrosa

Bogotá

Amada casa, afamada y vasta sabana clavada al alma. Atascada y afanada al alba, cansada, amargada y maltratada al acabar la mañana. Tramadas y macabras trampas atrasan la avanzada. Cansada, alzas las alas para clavar la daga y bajar la máscara a la maldad, cabalgas franca la campaña hasta ganar la gran batalla. Las masas aplastan la maldad acallada, alaban y narran las bravas hazañas alcanzadas. Abrazas las razas, cantas a carcajadas, hablas a la cara. Apagas la llama y das frazada a la callada calma. Faltan las palabras para alabar tan magnas agallas. Palmas y más palmas, amada casa.

Guillermo León Cardona Gallego, 36 años, Usaquén.

Ilustración: I. Dacoll.

Mención Honrosa

Hundirse con nosotros en el agua

—No es que sea bonita Bogotá —ya le dije—. Es una ciudad que llora todo el tiempo, digo, que llueve todo el tiempo y digo llora porque yo también lluevo y nos la pasamos escampándonos juntos. Cuando ella se moja, yo la seco. Mientras la camino, se pone verde, de un verde grillo y selva. Cuando yo estoy mojado, ella saca el sol inédito, ése que pega de lado y todo se vuelve sombra y luz, así me escurre el alma. Yo la mojo y ella me seca, ella me llora y yo la lluevo, así nos la pasamos.

Clara Cristina Acosta Ossa, 39 años, Teusaquillo.

Ilustración: Amalia Satizábal.

Mención Honrosa

La última vida

El lugar siempre me había atraído. La iglesia de Lourdes tenía algo que me llamaba. Esa noche no pude resistir y acompañado por la luna cachaca decidí entrar furtivo. Las calles que me separaban languidecían entre prostitutas y borrachos. Me llegaba de lejos el sonido de los antros chapinerunos y al doblar una esquina vi cómo se alzaban aquellas torres góticas. Los redobles del corazón me arrastraban con fuerza y cuando estuve en el atrio vi una sombra atravesando el portal. El golpe fue contundente. Esa noche aprendí, con mi último maullido, que la curiosidad sí mata gatos.

Felipe Díaz Rodríguez, 29 años, Kennedy.

Ilustración: Olga Cuéllar.

Mención Honrosa

Mi amigo el mosquito

Tengo un amigo que no me deja dormir. Todas las noches viene desde Doña Juana y me visita. Es terco, le gusta quedarse hasta tarde, aunque le diga que se vaya. Realmente nunca sé a qué hora se marcha, siempre termino dormido y cuando amanezco ya no está. Eso sí, deja todo ordenado y sin rastro de su presencia. Excepto unas manchas rojas en mi piel que pican mucho. Aunque sea un poco intenso, no estoy de acuerdo con que mi mamá lo mate. Al fin y al cabo, es el único que intenta leerme un cuento antes de dormir.

Sebastián Córdoba, 15 años, Suba.

Ilustración: Elizabeth Builes.

Mención Honrosa

Mi reflejo en el espejo

Me gusta salir a caminar en las noches por la ciudad cuando llueve, ver la neblina, la luna y las nubes que la cubren. La ciudad toma un aspecto frío, macabro, la clase de macabro que me gusta. Miro a la gente con desconfianza, ellos me rechazan con su mirada, por vestir de negro, maquillarme y usar gabanes. Siento sus miradas acusantes y los veo cual monstruos al asecho despreciando todo lo que es diferente a ellos. Al regresar a casa, me veo en el espejo, me doy cuenta que al igual que ellos, soy un monstruo, solo que diferente.

Andrew Blacksmith, 34 años, Suba.